Más de medio siglo de historia de Dr. Martens

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Pensadas en sus orígenes para la clase obrera, allá por los años sesenta, las botas Dr. Martens se han convertido en un básico en armarios de punks, grunges, hipsters y hasta it girls como Cara Delavinge o Kate Moss. Y hoy tendrán un papel destacado en el desfile de David Delfín, en el que el diseñador malagueño presentará su propuesta para el otoño-invierno 2014-2015 en la pasarela Bertha Benz a las once de la mañana.

 No es nueva esta colaboración entre David Delfin y Dr. Martens: la de hoy será la quinta ocasión en la que el diseñador y la marca se apoyan mutuamente. Una simbiosis que arrancó allá por 2010 y desde entonces Delfín ha completado sus creaciones con distintos modelos de la marca.

Para esta ocasión, el de Málaga ha optado por el diseño Quad retro Jadon, con suela doble compuesta por PVC y EVA y ocho agujeros, que emula el modelo original. Inspirado en los años 80, la bota Quad Retro Jadon es una mezcla de inspiración militar y de discoteca y lleva una cremallera interior, ojales metálicos y el ya reconocido pespunte amarillo de la marca.

Desde su nacimiento, al principio de los 60 en una fábrica de la localidad inglesa de Northampton, las botas Dr. Martens han sido una prenda trendy en algún momento para una tribu urbana. La primera, la de los ‘curritos’.

Según la versión oficial, eran unas botas diseñadas para los trabajadores: eran más cómodas y resistentes que cualquier bota de la competencia. Sus principales artífices fueron Bill Griggs, del clan Griggs de fabricantes de calzado, y el doctor alemán Klaus Martens. Al parecer, fue el primero que el que, un día de finales de 1950, hojeando la revista ‘Shoe and Leather’, reparó en el anuncio de un dúo alemán que buscaba socios en el extranjero para comercializar su nueva y revolucionaria suela.

El dúo estaba formado por el Dr. Martens y su amigo de la universidad el Dr. Funck, inventores, inconformistas y librepensadores ambos. Trabajaban en Munich y habían inventado una suela amortiguada por aire a raíz de un accidente de esquí que sufrió Klaus Martens y que le dejó una lesión en un pie. Buscaba una suela que fuera confortable para su pie roto.

Griggs se puso en contacto con ellos y el 1 de abril de 1960 nació la leyenda. Entonces eran consumidas por policías, carteros y trabajadores en general. Casi 54 años después, son un básico para referentes de la moda como Kate Moss o Cara Delavinge. A la primera se atribuye la frase: “Es realmente un asunto de amor: vas a pasar dos semanas con dolor, pero después las usarás el resto de su vida”.

Pero, ¿cómo dieron el salto de la clase obrera a las tribus urbanas?

Por los skinheads ingleses, jóvenes con escasas posibilidades económicas que empatizaban con la clase obrera imitando su estilismo. Las Dr. Martens se convirtieron en su seña de identidad y, para la marca, ya nada volvería a ser lo mismo.

Pocos años después, Pete Townshed vistió un modelo clásico durante una gira de The Who. En cada concierto las botas eran vistas por jóvenes que imitaban a su ídolo y las incluían en su vestidor. Cuenta la leyenda que Townshend aseguraba que, cuando estaba de gira, solía ir a la cama: “Una botella de coñac y una bota Dr. Martens”. Eso sí es promoción.

El siguiente empujón a su popularidad lo dio Vivien Westwood, quien incluyó las Dr. Martens en sus estilismos para los Sex Pistols. La fama del grupo llevó el punk, una forma evolucionada del movimientoskinhead, a otra esfera: la de la moda, el fashionismo y el postureo del momento. Son los 70.

Su expansión en los años venideros es lógica: skins , punks , hardcore, psychobilly , goth , industrial, grebo , grunge, Britpop , emo … y así, suma y sigue.

Y a mayor demanda, mayor y más variada producción. Lo que nació como una bota negra para el trabajo a evolucionado en un abanico de innumerables diseños, formas y colores. Han sido calzadas por actores, actrices, músicos y generadores de tendencias en general.

Un escaparate de incalculable valor económico, que ha generado un imperio que vende a nivel global y factura millones. Paradójicamente, las botas nacieron para el consumo de la clase obrera. Y más paradójico aún: la clase obrera de principios del siglo XXI, frente a la de los años sesenta, no puede comprarlas: su precio es siempre superior a 100 euros.

Cierto es, en su favor, que son cómodas y duraderas (muchos detractores las critican precisamente por eso: no se agotan fácilmente). Y por más que pasen los años, son un básico para cualquier armario.

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